Gárgolas insomnes

Febrero 11 de 2008

Al terminar la fiesta que me torturaba desde lejos con su karaoke sadomasoquista, cerré los ojos y pensé que había llegado por fin la hora del remanso etílico, mi romance con la noche, cuando una punzada en el hígado me hizo reaccionar y, al abrirlos de nuevo, estaba acostado en la banqueta. El sol hirió mi frente con un destello cegador, mientras cuatro vestidas de huipil y enagua trataban de quitarme el reloj. "Para que no te lo roben", explicaron. Furibundo, me levanté de un salto, pero alguien movió el piso y volví a caer. Una imagen difusa pasó de las enaguas a las ensangrentadas sábanas de una doncella desflorada y de ahí a la inmensa hamaca de una tabernera cuarentona con el cabello hasta la cintura, caderas de yegua y senos como volcanes activos. Cerveza en mano, la mujer lloraba canciones y penas acapella, antes de que unas cortinas de terciopelo me hicieran sentir encerrado en alguna película de Linch.

Los gatos que, al fornicar, parecen imitar el llanto de los bebés, me recordaron que estaba en Ciudad Gasolina. Una vez de regreso a mi ambiente, cambié de posición en la cama y sentí la presencia de otro cuerpo. Recordé la cruda pesadilla de Jane Fonda al despertar de la inconsciencia alcohólica en A la mañana siguiente... y el instinto activó un resorte. Al abrir los ojos, me hallaba de nuevo en Juchitán, esta vez de noche. Era el puesto vacío de una vela cercana a su final. Una muchacha delgada y muy morena me miraba de pie con una bandeja en la mano. Sin hablar, me ofrecía huevos de tortuga. Desde el fondo del letargo, balbucí que era un crimen comer eso. "Es lo único que puedo ofrecerles", replicó ella tímidamente. "Yo sí quiero", dijo un viejo pintor que despertaba, medio ciego y babeante, justo a mi lado. La muchacha me miró intensamente y preguntó: "¿Quieres un traguito de mezcal, o eso también es malo?" Respondí que sí quería y, en la espera, volví a dormirme.

-En la espera, te pediría: "No te desnudes todavía" -cantaba Auté al final de un mensaje que le envió el ocurrente Subcomandante Marcos al explotador Paco Huerta... valga la digresión.

Y soñé que caminaba por la cañada de Guadalupe Tepeyac en pos de una entevista con los zapatistas en enero de 1994 y dejaba caer mi infinito cansancio en un pasto paradisíaco a mi regreso. Algo me hizo abrir los ojos y, entre la hiriente luz solar, distinguí a dos ángeles en formas de niñas que me ofrecían limas. ¿Qué? ¿En dónde estoy? ¿Qué mundo es este?

Años después, entendí que la espontánea generosidad de aquella gente era la normalidad de su mundo, al que me invitaban con la magia sutil de sus ofrecimientos, aparentemente ingenuos. Y nunca me integré, por supuesto, ni siquiera lo intenté, desde luego, porque soy de otra especie, una muy otra, que no sabe de limas para un desconocido al que aliviaron o alivianaron, porque había caminado de ida y vuelta por una cañada entera de la "selva" Lacandona, y tampoco sabe de mezcal a cambio de huevos de tortuga ni, muchos menos, de uñas adolescentes que rascan la cabeza de uno para que despierte. Sabe de patrulleros infrahumanos, irracionales, brutos y brutales, por no decir rabiosos, que lo agraden por detenerse a descansar en una banca, en un parque, una noche de desesperación y desesperanza en Ciudad Bestia...

¿Limas? ¡Lo que requiero urgentemente es que alguien me saque a caballo de aquí, porque ya extraño mi infierno! Pero nadie me sacó. Tuve que hacerlo a pie y, más adelante, una pareja de señores me esperaba a las puertas de su choza con un plato cubierto en la mano. "¿Quiere usted?". Me ofrecían chayotes pelados. !Quieren corromperme! ¿Verdad? En contra de mis principios, los acepté y qué ricos estaban, qué estimulantes resultaron. Por lo visto, esta gente, además de generosa, es simplemente sabia, y nomás de verme caminar desde lejos con el sol a cuestas...

Una hora más adelante, a pesar de los chayotes y las limas, dejé caer mis restos al abismo, y me perdí. Asido a la única tabla que podía salvarme del naufragio en este mar desbordante de soledad (el instinto siempre en juego), me busqué entre las sombras del tiempo y los atisbos de pesadilla que dejaban pasar las persianas del cuarto a mi sueño... cuando una voz anunció: "¡Hay que operar! ¡Preparen el quirófano!". Entonces me levanté corriendo y abrí corriendo una botella de vino, que también corría... Ah. Ojalá pudiera despertar de veras y beber siquiera el Sendero avinagrado que, junto con la comida descompuesta, guardo en el refrigerador, ya que no tengo fuerzas ni dinero para salir a comprar una botella de Perinet, el delicioso vino del exquisito Serrat, para terminar cantando con voz de cabra "que Dios nos dé salud para poder beber", y ser objeto del pletórico milagro. ¡Sí, sí, mucha salud, mucha! ¡Aleluya, hermanos, cantemos aleluya, y digamos salud!

Cuando al fin desperté, había en la mesa dos libros de cine y una pila de películas, que trajo mi padre mientras yo dormía y deliraba, así como un verso en mi memoria: "Yo no sé qué culpa quieres pagar"... pero el infierno todavía estaba aquí.

[] Iván Rincón 11:29 PM

Febrero 7 de 2008

Las musas tienen sed (primera parte)

Hasta el vinagre es sagrado en días y noches de rosas en el fango

Una vez acabé con una botella de ron bajo la regadera, como el personaje de Nicolas Cage en Adiós a Las Vegas, de Mike Figgis (1995). Parecido. "Fea como la soledad de los enfermos", cantaba Patxi Andión, acoplándose, mientras el autor de este recuerdo tocaba fondo. La soledad es dulce como el llanto, salada como las lágrimas y amarga como el fracaso, pensé después. Curiosamente, no había visto aún aquella película. Había visto, en cambio, una secuencia de Días de vino y rosas, de Blake Edwards (1962), quizá en la adolescencia. El personaje interpretado por Jack Lemmon, sentado en un sillón, miraba desde su ebriedad alucinante el hoyo de la pared que tenía enfrente, de donde asomaba tímidamente la cara de un ratón. El beodo sonreía con simpatía identitaria por el roedor, cuando llegaba un murciélago y, bajo sus alas palpitantes, la espesa sangre de la presa pintaba un hilo derramado sobre la pared. El patético borracho pasaba de la sonrisa al berrido y de ahí al alarido ahogado sordamente, sin levantarse del sillón. Y yo padecía entonces un pequeño trauma, como tantos otros que me ha causado el cine y que, a pesar de la vida real, siguen desbordando mi congestionada memoria. Ah. La soledad es tan grande como el vacío que invade mi alma y tan pequeña como la gente que nos rodea, medité más tarde.

Al salir del baño, recordé la imagen de Charles Bukowski, bebiendo whisky a pico de botella, mientras el desproporcionado aparato de seguridad "nacional" de un país tan pobre que ni siquiera tiene nombre (Estados Unidos) se convulsionaba con las disertaciones ebrias del sórdido poeta. En el colmo de la digresión etílica, recordé también a José Alfredo Jiménez en un período de abstinencia, luego de que le detectaran la cirrosis hepática que acabaría con sus días y noches de esplendor y decadencia, alborada y ocaso. "¡Que me sirvan de una vez pa' todo el año, que me pienso seriamente emborrachar!". Los clásicos terminan siendo lugares comunes, me cayó el veinte, y la imitación repetitiva entierra los emblemas... El compositor de los emblemáticos versos: "la vida no vale nada, no vale nada la vida" (copiados por Pablo Milanés), había decidido que, sin alcohol, efectivamente, nada tenía sentido, todo valía un carajo. Lo mismo decidió Lucha Reyes, "La Tequilera", uno de los iconos mexicanos más representativos de la bohemia (como se refieren eufemísticamente los artistas al alcoholismo), que terminó suicidándose a la edad de 38 años, destrozada por la bebida y, entre otras desgracias, la imposibilidad de tener un hijo propio. "Hay cosas que fueron hechas para desperdiciarse", decía Bukowski. Desde luego, antes que nada y después de todo, la vida, me dije al terminar de vestirme. Claro que "El Viejo Indecente" fue mejor bebedor que poeta y por eso llegó a viejo el indecente, pensé.

Y salí a la calle, arrastrando mi bien disimulada pesadumbre bajo un cielo gris, a comprar el disco de Patxi Andión que acababa de escuchar en la radio. El dinero me alcanzaba para eso y otra botella, esta vez de tequila, con su respectiva guarnición de cerveza y limón, y para tomar un taxi a Garibaldi en mitad de la noche, otra vez borracho y, ya entrado en gastos, compartir mi borrachera con la puta potable (si la miseria de Dios me hacía el mísero favor) que tuviera más tiempo bebiendo sin bañarse ni dormir en una cama. Para eso me alcanzaban los huesos y la carne, el hígado y el colon, el cerebro y el corazón... Por adrenalina y neuronas en rebeldía, yo no paraba nunca, siempre que se tratara de evadir la depresión. Algo me decía/predecía que sería cíclica y duraría, por lo menos, una década... valga la cacofonía.

Y para eso me alcanzaron las horas y las noches con sus días imperceptibles, antes de que una patada en la espalda me despertara de la pesadilla en el piso de aquella celda poblada de frío brutal y fría brutalidad, así como de un silencio despedazado a gritos y carcajadas, golpes metálicos... estrépito multiplicado hasta el infinito por un eco demencial. Tenía derecho a una llamada que, desde el sótano del ingenio, desperdicié fingiendo que hablaba con un abogado bastante culero, cabrón, hijo de la chingada y todo eso, además de mañoso, trinquetero y canijo, por no mencionar su espantoso rostro, ni el sombrero sobre su calvicie orificada o cacariza y, mucho menos, su ojo falso que filmaba y grababa todo, ni su fierro asesino de grueso calibre. Contra mi voluntad, menguada como rata bajo la lluvia antes de ser aplastada por un camión, regresé a la jaula en donde la dureza de cemento y metal encerraba un aire saturado de hedor urinario. Al día siguiente, me rescató como siempre una mujer a la que odio, literalmente, desde que nací.

Pero no todo era triste en mi vida. La luna brillaba y la constelación de nácar dibujaba animales obesos y salvajes sobre la oscuridad que le servía de fondo y superficie. Los pajaritos cantaban al salir el sol. Los niños jugaban y, si eran obedientes, sacaban buenas calificaciones, se lavaban las orejas y los dientes, y comían avena todos los días, sus padres los respetaban; mientras las colegialas más apetecibles de la época se ponían en huelga de ropa interior y, sin pensarlo, hacían La Revolución... a saber en qué lugar del mundo o la imaginación intoxicada con alcohol y soledad, además de pestilencias tumultuosas, agresiones tóxicas, emanaciones asesinas -la cotidianidad de mi nicho en Ciudad Gasolina-, así como de influencias igualmente nocivas, digamos, como la de Patxi Andión. "Fea como la soledad de los enfermos". Nunca pude conseguir ese disco. ¡Ah! Ojalá la amargura que destilo ahora fuera cerveza, para que su abundancia devorara las lúgubres articulaciones de mi esqueleto y el autor de su paso por tremedales dipsómanas terminara caminando como Charlton Heston.

Alguien o algo me dijo que Melanie Griffith, además de ser alcohólica, tiene un esposo llamado Antonio Banderas que le brinda su "apoyo moral" (cuando la mujer recae, el marido le receta reverenda golpiza), y la actriz tiene una hija de dieciocho años (más bella que su madre, por cierto) con serios problemas de adicción a las drogas y el alcohol. Melanie está invirtiendo todo su tiempo, dinero y esfuerzo (Sección Amarilla, dixit) para salvar a su hija. Y los paparatzis, como siempre, andan a la caza del ingreso o la salida de esta espléndida actriz a la sucursal en turno de Alcohólicos Anónimos, cuando la señora dedica su tiempo libre a tratar de convencer a enfermos como ella de que "entren en razón" (así, entre comillas, porque yo, que soy medio baboso -y por eso leen este blog- comienzo a tener muy serias dudas).

Mel Gibson, recordé, bebía siete cervezas diarias, hasta que, para librar una detención policíaca por conducir en estado de ebriedad, tuvo que aceptar la condición de acudir durante un año a Alcohólicos Anónimos. "Hola, mi nombre es Mel Gilbon y soy alcohólico. No soy anónimo, soy mundialmente famoso y archimillonario, y sigo bebiendo siete cervezas diarias, porque eso es lo de menos; el problema es que a veces se me pasa la mano y entonces tengo que desintoxicarme y burlarme de todos, haciendo estas faramallas... tan publicitarias". Con el escándalo de la ebriedad al volante, salió a relucir el antisemitismo que también asomara en La Pasión de Cristo (una película morbosa y fanáticamente religiosa, o religiosamente fanática), porque al ser arrestado, Gibson balbucía que todo era culpa de los judíos.

Yo, en cambio, al contacto de mis huesos con el cemento, pensaba que Lee Remick y Jack Lemon fueron en Días de vino... (que mi adolescente recuerdo reduce a una secuencia dramática) lo que Elizabeth Taylor y Richard Burton en ¿Quien teme a Virginia Wolf?, de Mike Nichols (1966), con el precedente de Días sin huella -hermoso título-, de Billy Wilder (1945), que no he visto, dicho sea aquí entre nos (pero tampoco se lo digan a nadie, ¡porque los mato como ratas!).

Publicada originalmente en 1962 como obra de teatro en tres actos, ¿Quien teme a Virginia Wolf? es la cumbre del dramaturgo Edward Albee. La encarnación de sus personajes por una pareja de grandes actores que, en la vida real, recurrían cotidianamente al alcohol para tolerarse, resultó una apoteosis. Pero más importante en mi época fue el hecho de que John Huston dirigiera Bajo el volcán (1984) para saldar la deuda de su espíritu con la obra maestra de Malcolm Lowry, publicada en 1947 con ese nombre. El libro es una climática visión/revisión de pasado y presente sin futuro, en permanente estado de ebriedad, nada ligera o divertida, ni fácil de leer (mucho menos, en estado inconveniente... de sobriedad). No obstante, la cinematografía tiene por vocación hacer más accesible para todos el contenido de la vida y la literatura, valga la redundancia. Por eso hay otra película -quizá lo mejor de todo el cine mexicano reciente- basada en esta novela. Mezcal (2004), de Ignacio Ortiz, cambia Cuernavaca, Morelos, al pie de los volcanes Iztaccihuatl y Popocatépetl, por Parián, Oaxaca, mítico lugar en donde concurren todos los caminos y desde donde parte la imaginación a todos lados, sin salir nunca jamás de allí. Oaxaca, la tierra del mezcal, esa bebida espirituosa que ("para todo mal, mezcal, y para todo bien, también") saca a nuestros demonios del olvido y la oscuridad del interior para que nos enfrentemos a muerte... Oaxaca, decía, concentra a una de las poblaciones que más cerveza consumen en este planeta (acaso en otros, igual). La cinta culmina con la caída fatal de una mujer ante el telúrico galope de caballo sobre un puente bajo la tempestad que mantiene al resto de los personajes dentro de una taberna, bebiendo (también Bajo la tormenta, de Shakespeare, deja ver su influencia en esta obra, dicho sea entre displicentes paréntesis, de soslayo y despreciativo paso). Aunque se trata de Lowry, imbuido aquí hasta el paroxismo de la deshinibición etílica por el mexicanísimo Día de Muertos, yo siempre sentí la influencia de Juan Rulfo en el ambiente... "Ojalá que hoy sí se nos muera, doña Plétora", le dice un borracho a una vieja que todas los días espera despertar muerta. "Dios l'oiga, don Plácido", contesta ella, "Dios lo oiga" (1).

Bajo el volcán, por cierto, es casi autobiográfica, como Adiós a Las Vegas, de John O'Brien, un escritor alcohólico (para variar) que, dos semanas después de firmar el contrato para llevar el libro a la pantalla y poco antes de cumplir 34 años de edad, se suicidó. Punto. El señor ni siquiera quiso ver la adaptación cinematográfica de lo que sería, finalmente, su testamento, y que terminó siéndolo, así la novela tuviera cinco años de publicada.

Nicolas Cage, por su parte, estuvo bien para ser Nicolas Cage, y Adiós a Las Vegas caló hondo por ser 1996, el año de su estreno en México. La vergüenza del Óscar, además de estar de más, está por demás decirlo, es lo de menos... ¿me explico? Personalmente, me basta con un dato para descreer de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de Estados Unidos (vaya nombre rimbombante para avalar un espectáculo pomposo de glamoroso vacío). Que Jane Fonda no obtuviera un Óscar por su magnífico papel en Baile de ilusiones (1969), de Sydney Pollack, es simplemente inaudito, inconcebible... La mejor actriz del siglo pasado también personificó el alcoholismo en uno de sus trabajos menores. A la mañana siguiente (1986), de Sydney Lumet, platea una resaca singularmente cruda, pesadillesca: despertar con amnesia y un cadáver al lado (¿será acaso peor que despertar a patadas en una cárcel?).

En El pasado me condena (1971), de Alan Pakula, Jane Fonda tiene, por lo menos, dos monólogos improvisados y los dos son geniales. En uno cuenta una "historia" mientras se desnuda totalmente ante la pasiva mirada de un anciano, que le paga para eso, y el otro es una sesión con su sicoanalista, que nunca aparece en pantalla, si no mal recuerdo, y esta secuencia es "refriteada" (en mejores palabras, vil plagio) por Adiós a Las Vegas. Preciosas prostitutas, en ambos casos. Terapias monologadas con un sicoanalista que no aparece en pantalla. Sórdidos relatos de mujeres al servicio sexual de hombres más o menos brutales. Con la sutil diferencia de que Elizabeth Shue, cuyo personaje es entrañable, no improvisa nunca, se ajusta siempre al guión y la dirección de actores. Su actuación aquí es más que perfecta, pero su carrera tampoco es, ni por asomo, lo que ha significado para muchos de nosotros la vida y el trabajo de Jane Fonda (obviando, por supuesto, sus justificadas inversiones de dinero en grandes cantidades). Inclusive la voz de la actriz principal en la mejor película de "todos los tiempos" (Julia, 1977, de Fred Zinnemann), tiene un papel protagónico en secuencias tan memorables como sus improvisaciones (sobre todo, monólogos, porque los golpes que le propina a Jennifer López resultan más bien... otra cosa), y ese aspecto es anulado por los doblajes para la televisión...

En eso pensaba yo, al levantarme de la cama con mi ruinoso cuerpo esta ruidosa tarde. Ojalá tuviera hoy la fuerza de aquellos días (los de "fea como la soledad de los enfermos") para meterme a bañar con una botella de ron o tequila (de vodka, entre otras cosas, como en Adiós a Las Vegas... jamás). Ojalá tuviera hoy una botella de ron o tequila, para tomármela siquiera desde mi lecho de enfermo. Ojalá fuera yo Bukowski para beber ahora una inmensa cantidad de cerveza combinada de vez en cuando con un trago de whisky y el beso de una joven y hermosa mujer ("vas bien, querido Iván, muy bien, cada vez estás mejor"... ¡Sí, cómo no!). Ojalá tuviera el hígado y el colon, el cerebro y el corazón, los huesos y la carne de aquel entonces, para resistir con singular entusiasmo y musical alegría semejantes agresiones. Pero mi realidad inmediata, cotidiana, más allá del cine y la literatura, es la de una cantidad inconfesable de vino (descompuesto, que es lo peor), dos semanas sin bañarme (por segunda vez), cuarenta días encerrado (en compañía de la barbarie de mis vecinos), y sin comer... Iba a escribir que, además, sin tocar otra piel, pero tengo por allí una antigua funda de viaje y el recuerdo táctil de mi propio cuerpo. Tenía un año sin beber y, al parecer, los periodos de abstinencia se prolongan en la misma proporción que las recaídas.

Ah. Pero... esta historia, por lo dicho, por lo pronto y por supuesto, continuará. Por hoy es todo. Ya me voy, ya me estoy yendo, ya me fui.

¡Salute!

(1) Obviamente, la mujer no se llama Plétora ni el hombre Plácido. Esto es para efectos de lectura provisional, mientras el autor consigue una copia de la película...

[] Iván Rincón 11:21 PM

Enero 31 de 2008

Leonardo García Tsao, funcionario cultural del desgobierno espurio, dice que el público de la Cineteca Nacional está disminuyendo, sobre todo los viernes en la noche, porque un camión se estaciona en Avenida Coyoacán para vender naranjas y causa trastornos tan graves que el tramo del eje vial comprendido entre Río Churubusco y el recinto -reducto de paz, tranquilidad, seguridad y confianza para quienes llegan en coche- resulta un caos en el que abundan los asaltos a peatones y conductores por igual. Al parecer del susodicho, es "arriesgadísimo" pasar de noche por allí o por Mayorazgo, la calle transversal, que "es una catacumba, ¡está oscurísima!" Caminar al metro después de la última función, ni se diga, es meterse a la boca del lobo. ¡Uy! Por cualquiera de las rutas posibles a pie, llegar a la cineteca, según su director, es tan peligroso como irse. ¡Mejor no vengan!

La paranoia y el miedo inducido suelen invadir y desbordar a la gente diminuta, física y mentalmente débil, como Leonardo García, que ha sido empleado de la cineteca toda la vida y ahora encabeza esta mole acéfala porque si tuviera un ápice de vergüenza cambiaría de oficio o habría renunciado a su cargo actual antes de asumirlo y no escribiría ni concedería entrevistas para que un medio impreso de circulación nacional publique su incontinencia de sandeces disléxicas; sería menos vanidoso, para empezar, y haría ejercicio para el cuello, por lo menos. Pero no tiene la culpa el indio, reza el proverbio racista, y nomás en La Jornada, que dejó la brújula en algún lugar de la Selva Lacandona, se les ocurre creer que, tratándose de cine, este mediocre personaje, es la neta del planeta.

Ahora resulta que la disminución del público asistente a la Cineteca Nacional es efecto de la inseguridad, así como de los problemas de vialidad causados por un camión de naranjas, que deben solucionar las autoridades locales, no las instituciones culturales del desgobierno federal usurpado. Nada tiene qué ver, por ejemplo, el hecho exasperante de que las películas siguen exhibiéndose oscuras y opacas, acaso más que antes, porque los proyectores son reliquias de museo, con el nostálgico ruido del motor que hace girar el carrete y contamina el audio de la cinta, reliquias de antiquísima obsolescencia como el propio director o el llamado "encargado de salas", un tal Ernesto Favela, que está para llorar. Llamar "encargado de salas" a este señor -reflexioné un día luminoso de brillante lucidez- quiere decir que allí hay gente que se encarga también de otras cosas, unas muy otras, como la producción de material impreso, por ejemplo, con citas o referencias bibliográficas a los bodrios que escribe el director en turno con su noción de la sintaxis también muy otra.

Nada tienen qué ver con la pérdida del público los proyeccionistas que "trabajan" allí; cácaros que, si vendieran naranjas en la calle, se esforzarían más y harían menos daño al cine y al público restante; proyeccionistas de imágenes más grandes que la pantalla, que además se desenfocan mientras ellos están en la luna, pensando quizá cómo completar el sueldo que reciben por su autosabotaje (al contrario de lo que suponen, si fueran menos miserables les pagarían mejor); cácaros que se van a mitad de la película por no quedarse dormidos o porque su turno termina antes que la función, al cabo el proyector se apaga solo (para eso no falta modernidad); cácaros que suben el nivel del audio cuanto más baja es su calidad, así lastime los oídos y provoque dolor de cabeza, o nos llevan de regreso al cine mudo y de ahí a los chiflidos y los gritos.

Nada de eso tiene relación con la baja cuantitativa y cualitativa del público. Todo es culpa de un camión de naranjas, según el autor del libro Cómo acercarse al cine, humor negro aparte, que ahora es más bien el principal responsable de lo que Felipe Cazals llama -no sin buena dosis de pedantería- "la desaparición del espectador pensante y el advenimiento del trastornado consumidor adocenado, cliente confortablemente ignorante y conformista". Las naranjas del camión estacionado en Avenida Coyoacán, por cierto, no han de causar diarrea, como las palomitas que venden en la cineteca.

¿A quién le importa, por ejemplo, que los ciclos o retrospectivas, foros y muestras, sean faltas desastrosas de respeto en las que nadie nunca ofrece disculpas jamás por la desorganización (para desastres, el que ocasiona un camión de naranjas en Avenida Coyoacán), o que el formato de las películas sea DVD, o sea, una mancha en la pantalla y ruido agotador en vez de sonido inteligible, al cabo el que no las conoce no tiene con qué compararlas y el que las conoce recuerda el pasado preferible al presente borroso? Ajá. ¿Qué importancia puede tener el lenguaje eufemístico de la deshonestidad, ese que dice, por ejemplo, "en inglés" como aviso tramposo de que la exhibición no tendrá subtítulos, como si las demás películas gringas o británicas estuvieran dobladas al español, o dice "proyección en DVD" como advertencia de que la imagen no será desplegada a todo lo ancho, tendremos que verla cuadrada y chata? ¡Nimiedades! ¿Acaso importa que además nos cobren, como si nada, por tolerar todo eso?

En "horas pico", el crucero de Río Churubusco y Avenida Coyoacán es un caos infernal, efectivamente, pero su causa no es el camión de naranjas, que tampoco se estaciona en doble fila, como dice García Tsao (bastante aberración es que lo haga en pleno eje vial como para endilgarle además doble fila), ni frente a la cineteca, sino en la entrada del panteón. Quizás el "crítico" de cine más vanidoso que cualquier actor del mundo confunde la entrada de la cineteca con la del panteón, en donde quizás hay más vida y respeto a la cultura que en la cineteca, donde quizás hay más muerte que en el panteón, sobre todo muerte mental.

[] Iván Rincón 10:55 PM

Enero 27 de 2008

Cafetlán: "los árboles mueren de pie"

Menos mal que existen los que no tienen nada qué perder...
Silvio Rodríguez

Gabriela Sosa Martínez, locutora de Radio Educación, se refiere públicamente a Cafetlán, en cada ocasión, como un "proyecto cultural" que, entre otras cosas, comercializa café orgánico de Chiapas o Oaxaca (?) exportado por cooperativas indígenas... Su esposo, Óscar González Hernández, también llamado "Óscar Almaguer", es el socio mayoritario de la empresa, en donde trabajan sin un contrato escrito, ni las mínimas prestaciones legales, 22 estudiantes universitarios por doce pesos la hora (más las propinas, claro). "¡Que se presente Jaime López en Cafetlán!", dice al aire Gabriela Sosa. "¡Ahí cuenta con un espacio de gente honesta (?) que lo recibirá con los brazos abiertos y lo atenderá con mucho gusto!".

El principal jefe de la "gente honesta", Óscar González, es actor de TV Azteca. Y otros socios nominales son: Ana María González Hernández, hermana de "Almaguer", fundadora del PRD y vividora del "comercio justo" (según la justa definición de los trabajadores de la empresa); Adrián Sierra de Anda, director de deportes de El Universal, y Carlos Márquez... Ana María González funge como gerente o coordinadora (en los hechos, capataz). Ella y Sosa Martínez se presentan en estaciones de radio comerciales con un discurso demagógico, reivindicando a la "izquierda" (la de paga, en todo caso), el "ecologismo consciente", el consumismo chovinista (llamado también "nacionalismo") y, la patraña más vomitable de todas, el "optimismo".

-Los invitamos a que apoyen a las comunidades indígenas de Chiapas y Oaxaca (dejando su dinero en nuestra cafetería).

Mientras tanto, los empleados de Cafetlán se conocen y deciden aclarar sus condiciones de trabajo con los patrones, a quienes proponen, luego de platicar durante semanas o meses entre ellos, una contratación colectiva que comprometa por escrito a ambas partes y las favorezca por igual. Los dueños reaccionan como suelen reaccionar los reaccionarios, con insultos, amenazas, intrigas, intentos de división ofreciendo privilegios a unos cuantos y, como corolario de la vileza, la represalia, el castigo ejemplar, despidiendo a uno de los jóvenes injustificadamente, con acusaciones infundadas... Mediante un paro laboral, los demás trabajadores logran que su compañero sea indemnizado legalmente por la empresa.

Constituidos en colectivo, la única "aclaración" que obtienen los trabajadores en sus primeros intentos de recibir un trato justo consiste en que ellos son "colaboradores operativos" o "becarios" de un "proyecto cultural" (digamos, como los esclavos de Kamel Nacif, pero con palabrería "progresista"), o sea, que no tienen derechos laborales, pues (Paco Huerta dixit), además del intento de que firmen por separado un documento en el que renuncian tácitamente a semejantes derechos y vanidades. En otro memento, los dueños les proponen un "plan de austeridad" que reduce la comida, su única "prestación económica", a la mitad. Porque en Cafetlán, además de café, se vende comida ligera.

Los jóvenes empleados deciden llevar su demanda de contrato colectivo hasta el final. Sin dejar de laborar para la empresa, redactan el documento durante semanas de esfuerzo adicional; indagan los pasos a seguir y se afilian al Sindicato de Trabajadores de Casas Comerciales, Oficinas y Expendios del Distrito Federal (STRACC), que agrupa a los trabajadores de varias gasolineras, así como a personal de limpieza de la Central de Abastos. Una vez sindicalizados, presentan su demanda ante la Junta Local de Conciliación y Arbitraje, que la rechaza tres veces consecutivas, aduciendo falta de evidencia de la relación laboral, siendo que la demanda busca justamente legalizar dicha relación. Los trabajadores cumplen los innumerables requisitos, hasta que el 27 de febrero de 2007, a tres meses de iniciados los trámites y semanas después de que la Junta aceptara por fin el depósito del emplazamiento a huelga, Cafetlán recibe notificación legal de que el STRACC demanda la firma de un contrato colectivo de trabajo.

La "autoridad laboral" previene a los patrones y retrasa el proceso hasta darles tiempo suficiente para desaparecer, literalmente. Los explotadores con bandera de "izquierda ecologista", "comercio justo" y todo eso, para empezar, no atienden los citatorios y, en la madrugada del primero de marzo, saquean las dos sucursales de Cafetlán en Tlálpan y Coyoacán; se llevan todo (máquinas, mobiliario, insumos), incluyendo pertenencias personales de los trabajadores y hasta sus propinas, además de dejarlos sin el pago del salario quincenal devengado. Al no haber empresa ni patrones, la Junta declara entonces legalmente inexistente la huelga, que estalla el 21 de marzo.

Los trabajadores se plantan (como los árboles, que generalmente mueren de pie) fuera del local de Tlalpan, y recurren activamente a la denuncia pública. El plantón es de tiempo completo y, además de ser un "puesto de información", ofrece café orgánico a granel, producido por la cooperativa de cafeticultores "Chiwisina" de Santa María Tecaxmalapa, en la Sierra de Juárez, Oaxaca. Los huelguistas lo muelen y entregan por kilo y medio kilo también a domicilio. Durante las 24 horas del día, venden café americano caliente, galletas de queso y piña, botanas de amaranto de la cooperativa "Quali", jugos de Pascual Boing (también cooperativa), libros, revistas y condones.

"La dignidad que les falta a los trabajadores de Radio Educación, la tienen los de Cafetlán", piensa quien escribe y observa desde lejos el conflicto. "Es una lucha perdida", se dice. Pero el movimiento de estos jóvenes tiene amplia resonancia a través de los medios de comunicación alternativa, principalmente, y recibe gran solidaridad de organizaciones sociales, sobre todo sindicales... hasta que nueve meses después de iniciada la huelga (lo que dura un embarazo), los trabajadores de Cafetlán ganan la primera batalla, al conseguir su reconocimiento legal mediante un amparo.

A diez meses de paro activo, legalmente existente por fin, el colectivo de trabajadores y estudiantes ha organizado un fiestón "por la autogestión laboral", que tendrá lugar el jueves 31 de enero en el Foro Alicia (Av. Cuauhtémoc 91-A, Col. Roma). Algo hace cambiar de parecer a quien escribe y ahora espera un rotundo triunfo de estos jóvenes sobre la explotación más vil y la demagogia. Ojalá que los renegados y agazapados patrones terminen pagando los sueldos de sus antiguos empleados desde el robo de Cafetlán hasta el día de la recuperación completa de aquella fuente de trabajo. Es obvio que los señores autosabotearon su "proyecto cultural" porque era muy superior a ellos y sus mezquindades, y porque resultó que los trabajadores, en cambio, estaban a la altura de la empresa que terminarán dirigiendo y, en cierta medida, ya lo hacen.

¡Felicidades y enhorabuena!

Posdata ególatra que tampoco deja pasar la ocasión. Hace dos años, cuando el nombre de Cafetlán sonaba en Radio Educación a cada rato, cada vez que lo decía Gabriela Sosa Martínez, a la afectuosa locutora se le ocurrió enviarme "un abrazo" a través de los micrófonos de su emisora, así que la llamé poco después para pedirle que, por favor, no me enviara abrazos ni saludos ni nada de eso. "No vayan a pensar que somos amigos", le dije en privado. Y hoy hago público mi deslinde, porque hay por ahí una referencia académica que relaciona su nombre con el mío. Desde hace nueve años, somos autores de la primera investigación exhaustiva sobre la radio libre en México, la que se refiere a su surgimiento. Un año antes, hace precisamente una década, Gabriela Sosa prestó su voz para el programa que presenté en la Segunda Bienal Latinoamericana de Radio, y luego conté mi nombre ¡cuarenta veces! (pequeña desproporción) en su intento de tesis de maestría, que incluye un capítulo dedicado al mismo fenómeno. Sobre aquellos trabajos ya ha llovido demasiado. Y la "Kamarrada Gabosnov" dejó de serlo para siempre desde que tuvo a bien sacarme bruscamente del autoengaño. ¡Ahora que los chavos de Cafetlán en huelga impongan la razón y la fuerza que tienen de sobra! Ya contarán también con mi solidaridad en los hechos. He dicho.

Para más información, acudir al campamento/plantón en calle Guadalupe Victoria, esquina con Plaza de la Constitución, Centro de Tlalpan, Ciudad de México, Planeta Tierra. O llamar por teléfono al 04455 40923745, o al 04455 25138832, o escribir a colectivocafetlan@gmail.com, o visitar el blog de los trabajadores de Cafetlán en huelga.

[] Iván Rincón 11:50 PM

Enero 22 de 2008

Aunque soy un cinéfilo apasionado y obsesivo, creo que no sería buen crítico de cine. Me moriría de hambre, seguramente. Para empezar, suelo enterarme de las "novedades" cuando ya no lo son, como ocurrióme con Zodiaco (volviendo al tema), cinta de la que supe hasta que se exhibió en la Cineteca Nacional, o sea, meses después de su estreno comercial (es que ese no es un lugar comercial, sino "cultural", pensarán los incautos). Además, mi apreciación jamás coincide con la de "críticos" como Leonardo García Tsao, actual responsable del secuestro que padece dicha institución, o Carlos Bonfil, el "crítico" más acrítico y complaciente que he leído, por lo menos en La Jornada, o los comentaristas menores, por no decir ínfimos o infinitesimales, que escriben columnitas en revistotas con dinero en abundancia y escaso talento. De los que pululan en Internet o perpetran las "sinopsis", mejor ni hablar.

Leonardo García (volviendo al tema), el que supuestamente dirige la cineteca y se la pasa viajando al mismo tiempo (¿con el dinero que pagamos en la taquilla o del presupuesto, o sea, de nuestros impuestos?), es tan oportunista y ególatra que ahora el material impreso que produce la institución, en cuanto es posible, se remite a sus libros (los de García Tsao). ¿O qué? ¿Algún burócrata menor, por no decir ínfimo o infinitesimal, quiere quedar bien con su jefe haciéndole publicidad? Lo cierto es que antes de que don vanidoso fuera el director, ningún folleto ni tríptico ni díptico, vaya, ni siquiera un volante, publicado por la cineteca, lo citaba ni usaba sus libros (los de García Tsao) como fuente o referencia bibliográfica, mucho menos de un modo tan prolijo como ahora. Por lo demás, si esos libros están escritos como los bodrios que publica La Jornada, peor tantito.

Y ahora que el señor mediocridad es su director, la cineteca empeora todo lo posible, acaso como Radio Educación (en realidad ignórolo, porque tengo más de un año de no escuchar esa cosa), o sea, hasta el límite de la tolerancia pública, que es demasiada, para mi gusto. ¿Se tratará, acaso, del mismo síndrome?

En fin, mis incontables lectores. Yo nomás quería decirles que tan pésimo crítico de cine sería yo (sobre todo, tan tardío), que he restituido un texto publicado aquí el 30 de octubre, eliminado al corregir el texto anterior sobre Zodiaco y volver a publicarlo dos días después. Carajo. Por lo menos soy autocrítico, ¿no? (aquí tienen que imaginarme con los ojos bizcos y la voz gangosa).

PD. Acá entre nos, también quería pegarle otra vez al hombre de las vanidades, porque no me acabo la cólera de tener que renunciar (como lo hice con Radio Educación, por salud mental) a la Cineteca Nacional, lugar con el que tengo/mantengo desde hace 25 años una íntima y masoquista relación.

[] Iván Rincón 9:08 AM

Enero 14 de 2008

Cuando uno lee bodrios como el de Leonardo García Tsao sobre la "remasterización" de Blade Runner, queda claro por qué la Cineteca Nacional cree que son aceptables sus sistemáticas estupideces. Cuando el director de ese lugar escribe como escribe, uno entiende que haya, por ejemplo, "sinopsis" como la de Zodiaco (2007), de David Fincher, en el sitio web de una institución cultural que compite con Radio Educación en estulticia y mediocridad. Hela aquí, textual...

Zodiaco sigue la historia de un asesino en serie que hizo estragos en California, durante los 60 y 70, y la de los hombres que intentaron capturarlo. Mezcla de drama policiaco y película de monstruos, el filme se distingue por su cuidadosa construcción y la minuciosa atención en cada detalle, rasgo particular del cine de Fincher.

Un ejemplo mínimo de que la cineteca no se caracteriza precisamente por su talento es este bodrio de un solo párrafo. "Zodiaco sigue la historia", dice y, como si perpetrar semejante redacción no fuera suficiente, ahora resulta que "un asesino en serie" (un asesino en serio daría menos risa que un asesino en serie, o sea, varios asesinos idénticos, porque era mucho pedir que fuera un asesino serial) "hizo estragos en California, durante los 60 y 70"... Las dos comas de más no importarían si el autor del párrafo supiera que el Asesino del Zodiaco surgió como tal a fines de los sesenta. No tenía que leer nada al respecto. Con que hubiera visto la película bastaría para saberlo. ¿"Mezcla de drama policiaco y película de monstruos"? ¿Qué carajo es un "drama policiaco"? ¿Un thriller, acaso, o el momento en que la policía se pone dramática? ¿"Película de monstruos"? ¿Como King Kong y Goxila, Drácula y Nosferatu, o como Pedro Infante y Jorge Negrete? Si hay algo monstruoso aquí es esta "sinopsis" que no se conforma con su monstruosidad y afirma con pedantería propia de intelectualoide cafetero que "el filme (sic) se distingue por su cuidadosa construcción y la minuciosa atención en cada detalle". Vaya. Nomás le faltó decir "serial-killer" para ponerse a tono con Letras Libres. La "cuidadosa construcción" de esta "sinopsis" no escapa a "la minuciosa atención" de mi parte en cada minucia, o sea, como quien dice, "ahí está el detalle", ¿me explico? El hecho de que los personajes de la película no envejecen en 24 años, por ejemplo, ¿es uno de los detalles minuciosamente atendidos? Si esa "cuidadosa construcción" y demás redundancias chapuceras son un "rasgo particular del cine de Fincher", entonces nadie más tiene cuidado en el cine que hace. Por lo visto, aquí se dedican a la "cuidadosa" deconstrucción del cine y la "minuciosa" destrucción de su público, al menos el que piensa. Eso me dice la "sinopsis" minuciosamente despedazada y también la que sigue, de Plan 9 del Espacio Exterior.

Después de haber fracasado ocho veces para (sic) apoderarse de la Tierra, unos invasores extraterrestres deciden resucitar a los muertos y usarlos como ejército. Esta película redescubierta en los años 80 fue llamada "La peor película de todos los tiempos", gozando desde entonces de un culto cinéfilo mundial.

Si el peor cine "de todos los tiempos", incluyendo el tiempo muerto, goza "de un culto cinéfilo mundial", la cineteca y su director deberían "gozar" de un reconocimiento público a la imbecilidad concentrada. He aquí el mío, a ver si les puede... ¡Sí, cómo no!

[] Iván Rincón 9:15 PM

Enero 10 de 2008

Al socaire del insomnio

(delirio a ritmo de una racha borracha de viento melodioso)

Como el eco del mar en un caracol, un antiguo rumor de pensamientos melancólicos y recuerdos nostálgicos habita esta oscura calle de casas desoladas, en donde los fantasmas se espantan de su pálida sombra -espectro sombrío- al otro lado del espejo, y un grito desgarrado emerge del abismo, estremece el remanso de la noche y tritura su ilusión de silencio; los perros sueñan con el escándalo de vidrios y platos rotos, ventanas, macetas y botellas estrelladas unas a otras por la ira de borrachos, borrachos de ira, en el pasado reciente del presente remoto, y los gatos escuchan los sueños de los perros al romperse contra las rocas de los muros y volar en pedazos por el aire marchito de la eterna vigilia y la peor de todas las pesadillas, que es el insomnio.

Un estrépito de ladridos, como el coro de aullidos que interpelan a las sirenas de ambulancias que transportan el último instante de vida y el arribo de enfermos agonizantes y heridos sin remedio al umbral de la muerte y el paso de la muerte por esta oscura calle de casas desoladas, agita las mansas aguas del tiempo cuando escampa y la luz de los faroles se baña con las estrellas en los charcos.

Al regreso de la calma, los gatos rasgan los velos que nublan a los fantasmas y rasguñan las sábanas que amordazan a los muebles y se enredan en el pasmo de sus soledades hurañas con las sórdidas marañas que han tramado las arañas en rincones poblados de olvido polvoriento, acumulación de abandono que, a veces, quizá cuando la luna se asoma por detrás del ramaje de los árboles que el ventarrón sacude y despeja y despoja de su ropaje, barre una escoba de bruja en las trémulas manos de un anciano harapiento, de triste figura, negra dentadura y frágil esqueleto, un débil aliento, soplo inerte y postrero de cuerpo en ruinas, un penoso impulso, un último esfuerzo.

La memoria de las arañas se pierde en concéntricos laberintos de seda, urdidos entre resquicios por donde silban las rachas de viento sucesivo que hace volar en invierno las hojas muertas en otoño y las hace mariposas que regresan a los árboles en primavera, y al calendario de la pared en verano, y de nuevo en otoño al piso de esta calle de casas desoladas, y otra vez en invierno al aire marchito de la vigilia y el insomnio, la pesada pesadilla, como espiral del tiempo, como tiempo en espiral.

El efecto lunático dormido en el ático y la caja de vino que descansa en el sótano convergen en la mesa del comedor, donde los ratones, las polillas y la carcoma devoraron el diario que alguien llamado Nadie escribió durante mil años. Las cenizas del inmortal, esparcidas por Tahoma en el mar de Samaria, fueron llevadas por las olas a la playa y ahora están dentro de un reloj de arena que sirve para medir el tiempo muerto, la eternidad sin movimiento.

Como el eco del mar en un caracol, el rumor de la agonía adopta un tono ambivalente y simbiótico, entre sonoro y ruidoso, acaso musical (cantos de sirenas en el mar de la ciudad, sirenas de ambulancias con patrullas detrás, los motores de vecinos sin más motor que el ruido y el zumbido de un insecto que no me deja en paz). Un duende arroja el polvo de mis huesos por debajo de la puerta. Los goznes rechinan, la madera cruje y una vibración lúgubre invade mi cuerpo, mi cerebro. Necesito salir del ataúd a respirar y comer algo, abrir las puertas y ventanas de mi alma para que los murciélagos se vayan. El cautiverio me sofoca, la abulia me agobia, la inapetencia me mata. Los duendes y fantasmas que habitan estas casonas mantienen cerradas todas las puertas y ventanas para impedir el paso... de las horas.

[] Iván Rincón 6:32 PM

Emil Schildt. Stine #2. 2003